Esta joya culinaria, más allá de su sencillez, esconde el secreto de una tradición que ha viajado de generación en generación. Hoy os propongo redescubrir este clásico, no solo por su sabor hogareño y reconfortante, sino también por esa conexión única que nos lleva de vuelta a la cocina de nuestra infancia.
El éxito de esta receta reside en su simplicidad. Como en cualquier guiso de pollo, lo ideal es freír los trozos de pollo en aceite, para que la piel quede bien crujiente por fuera, reservarlos. Después, en el mismo aceite, vamos a hacer una sencilla salsa de tomate a la que, una vez lista, incorporamos el pollo y la cerveza. En poco más de media hora tienes un plato casero para chuparte los dedos.





















